Anoche estuve buscando las repuestas a las preguntas más profundas de la vida y no se me ocurrió mejor cosa que hacerlo entre los poemarios viejos de la biblioteca de mi madre hoy ya muerta.
Me quedo con este soneto de Pablo Neruda y de pronto, pensando que hace demasiado tiempo que no escribo aquí, decidí compartirlo con quien quiera leerme:
Soneto LXVI
No te quiero sino porque te quiero y de quererte a no quererte llego y de esperarte cuando no te espero pasa mi corazón del frío al fuego.
Te quiero sólo porque a ti te quiero, te odio sin fin, y odiándote te ruego, y la medida de mi amor viajero es no verte y amarte como un ciego.
Tal vez consumirá la luz de Enero, su rayo cruel, mi corazón entero, robándome la llave del sosiego.
En esta historia sólo yo me muero y moriré de amor porque te quiero, porque te quiero, amor, a sangre y fuego.
Hay una chica en nuestro pasado, el de todos nosotros, la chica más linda del mundo. Todos la hemos conocido, todos la hemos perdido, todos la recordaremos para siempre.
Yo la conocí a los 16 años, en la academia pre-universitaria a la que asistía. Era bellísima, con su piel canela bronceada por el verano hasta casi el color del chocolate, su figura menuda, sus rasgos finos y sus increíblemente bellos ojos claros. Rápidamente se hizo la enamorada de uno de los chicos guapos del salón; yo, por supuesto, era invisible para ella. Pero eso no me haría dar por vencido, me acerqué, me hice notar y nos hicimos amigos los tres, el rey, la reyna y el nerd número uno del salón; para el final del verano éramos inseparables.
Llegó Marzo, los exámenes de ingreso, la hora de la verdad. El ingresó a la Católica en el puesto más envidiado de todos, el último, yo no alcancé el primer lugar del examen, ella no ingresó; pocas semanas después, yo ingresé a la UNI, nos separamos y nunca más los volví a ver.
Hace unos días de improviso, después de 35 años, ví su nombre en una lista de distribución de correo. Tenía que ser ella, su nombre era bastante común pero su diminutivo (que ella usaba como nombre) era único e irrepetible, su hija estaba en el mismo grupo de estudiantes de intercambio que la mía; tenía que ser ella. Y entonces, en la cola para la visa, me la encontré.
- Hola, disculpa, ¿Tú, por casualidad, no estudiaste en la academia tal por el año '74, verano del '75? - Si... ¡Qué loco! ¿Quién eras tú?, digo ¿Quién eres tú...?
Se acordó de mí, se sintió incómoda hablando de su enamorado de entonces en presencia de su esposo, intercambiamos eMails y quedamos en escribirnos para retomar la amistad; al fin y al cabo, nuestras hijas probablemente se van a hacer amigas este verano.
¡Como es la vida! A la vuelta de 35 años, ya con 50, sigue siendo linda para su edad. Yo, sin embargo, hubiera preferido no habérmela vuelto a encontrar. Hubiera preferido recordarla para siempre como era... La chica más linda del mundo.
Hoy me llegaron por el correo varias fotos cuyo único factor común es ser muy bellas fotografías. Una de ellas venía con el título... "Me encanta el sentido del humor de Dios" y de pronto quise compartirla con ustedes.
No sé si será un montaje ni me interesa saberlo, lo que quiero compartir es el mensaje: Dios está en todas partes y podemos verlo fácilmente con sólo querer verlo... y mirar.
Hay gente que ve el rostro de La Virgen en las líneas de la corteza de un árbol viejo, hay gente que ve el rostro de Cristo en la caprichosa silueta de un cerro en la distancia... ¿Por qué no ver su sonrisa en tres gallinazos volando al atardecer? Al fin y al cabo, si quieres ver a Dios en este mismo momento, sólo mira con fe en el fondo de los ojos que verás reflejados en cualquier espejo. Porque allí es donde está, dentro de cada uno de los que creemos en El; acompañándonos, escuchándonos, comprendiéndonos, aconsejándonos y, por qué no, sonriéndonos.
Hace unos días, el sábado pasado, estuve visitando a mi papá; mi papá está por cumplir 93 años. Hace sólo diez años manejaba auto, hace sólo cinco se ocupaba de todos sus asuntos legales y financieros, hace sólo dos nos acompañó por todo el proceso de perder a nuestra madre, su esposa, y fue la roca sólida en la que se apoyó la estabilidad emocional de toda la familia; hoy es un anciano que requiere atención permanente las 24 horas a pesar que el doctor dice que no tiene nada mal... excepto su avanzada edad.
Resulta muy duro ver a este hombre enérgico, independiente y autoritario, de quien dependimos tanto por tanto tiempo, convertido en un ser totalmente dependiente y es quizás por eso que no lo visito con la frecuencia que debería. Me deprime demasiado verlo como está ahora.
Pero esta última vez la enfermera que lo cuida me saludó al llegar y me comentó... "La vez pasada que vino usted, ingeniero, su papá no lo reconoció"
¿Cómo puede ser esto - le dije - si lo saludé, lo besé y me contestó el saludo? (Yo había pasado por la casa, sólo un momento, a dejar un encargo de camino a un evento empresarial donde participaba)
"Debe ser porque usted casi nunca viene con terno" me contestó "pero cuando usted se fué me preguntó... ¿Quién es ese señor que me ha saludado? ¿Lo conozco?"
Por eso esta última vez me puse a conversar con él. Conversar es un decir, me senté a su lado, lo abracé, le pregunté qué novedades y él se puso a contarme de un problema relacionado a unas propiedades de su familia en provincias que se acababa de resolver por la vía legal (cosa que yo ya sabía pero que me demostraba que estaba lúcido). Mi padre siguió contándome todos los antecedentes del problema, desde cuándo y cómo mi abuela había heredado esas propiedades y todo lo que había pasado a lo largo de tantas décadas, yo lo dejé hablar escuchándolo con atención y no lo interrumpí. Luego pasó a contarme distintas anécdotas de su vida, de cuando él se vino a Lima a estudiar, de cuando sus hermanos y hermanas fueron viniendo a Lima, a su casa, también a estudiar.... hasta llegar a cuando mi hermana terminó su universidad y él la contactó con una gran empresa donde hasta hoy, después de 25 años, sigue trabajando.
Ya casi me dormía, me costaba mantener la atención, mi padre habló casi dos horas seguidas sin parar. Al final, antes que empezara una nueva historia, le dije que tenía que irme (era verdad, tenía un compromiso) y que volvería otro día para continuar conversando. Me sentí mal al hacerlo, especialmente porque se notaba que a mi papá le entusiasmaba tener alguien que lo escuche, pero tengo la firme intención de volver este sábado y todos los sábados que pueda. No pude evitar, sin embargo, pensar en cómo será cuando sea mi turno de tener 93 años, estar confinado a la casa, ser totalmente dependiente... y estar básicamente solo todo el día.
Encontré por ahí este video que también trata del tema de la edad avanzada y que me puso a pensar...
No sé cómo será cuando sea mi turno, no sé si llegaré a vivir tanto y no sé si mis hijos estarán ahí para mi; pero ya no volveré a deprimirme por visitar a mi padre y no volveré a aburrirme con su interminable monólogo, porque hay una cosa que he comprendido: No es sólo cuestión de dar el ejemplo a mis hijos, no es sólo cuestión de hacer por él lo que quisiera que mis hijos hagan por mi, esos son pensamientos egoístas. Es cuestión de devolver, de todo corazón, todo lo que él ha hecho por mí, por todos sus hijos y por todos sus nietos, durante toda su vida. Se lo debo. Se lo ha ganado.
Hay algo en la palabra escrita que no sólo captura la imaginación sino que también el corazón y, a veces, hasta enciende la pasión.
Aunque muchas veces despreciado y vilipendiado, acusado de infectar de impersonalidad las relaciones humanas, el internet ha sabido sin duda alguna resucitar las relaciones epistolares, la amistad epistolar y, también, el amor epistolar.
Pero las relaciones epistolares datan de siempre y siempre han sido la mejor parte de la vida de quienes tuvieron la suerte de tenerlas.
Gabriel García Márquez dibuja, en El Amor en los Tiempos del Cólera, uno de los ejemplos que más me inspiran. Fermina Daza y Florentino Ariza se enamoraron. No hubo una caricia, ni siquiera un beso, hubo cartas; las cartas eran todo para ellos y, al final, fueron el vehículo perfecto para encaminar la realización de su amor.
Hay otros epistolarios famosos en la vida real, como los 40 años de relación epistolar entre la actriz Stella Campbell y el dramaturgo Bernard Shaw, pero yo me quedo con la historia de los grandes poetas ingleses Elizabeth Barrett y Robert Browning. Entre los dos se estableció una relación epistolar de sólo dos años pero que, según lo que alguna vez se escribió, "ocasionó uno de los epistolarios más celebrados de la historia de la literatura". Esta historia me fascina porque ella estaba muy enferma, postrada en una silla de ruedas, pero luego de dos años de escribirse con Browning se casaron en secreto y huyeron a Italia donde ella se recuperó lo suficiente como para vivir todavía 15 años más e incluso tener un hijo a los dos años de su matrimonio.
No todos tenemos la grandeza de un Browning, un Shaw o un García Márquez; pero aún así yo creo que las cartas, o ahora los eMails, nos abren un universo de posibilidades para expresar amor, amistad, solidaridad y todo el amplio espectro de los sentimientos humanos. Y a veces, cuando la vida nos niega otras alternativas, se constituyen en el mejor, si no el único, medio de tocar el corazón de otras personas y dejar que éstas toquen el nuestro.
Nunca tocaré su piel, nunca podré estar donde esté. Cuando el amor es ciego, el corazón no miente a unos ojos que no ven. Para qué quiero más... [Tam Tam Go!]
Este es mi último post sobre el tema de los "viejos amigos" a quienes recurrí hace pocas semanas para unos días de reflexión. No se puede hablar de una profunda reflexión interior sin hablar del amor; amar es un mandato divino, "Ama a Dios", "Ama a tu prójimo como a ti mismo". Amar, e incluso amarse uno mismo, es pues un mandato de Dios.
Pero si el amor en su sentido más amplio es el motor y motivo que debe guiar nuestras vidas, hay una clase particular de amor que es el que nos lleva muchas veces a realizar los más grandes sacrificios y cometer las más grandes torpezas. Es a esa clase de amor al que cantan todos los poetas y es esa clase de amor la que, incluso cuando nos hace sufrir, nos cura el alma.
Muy joven descubrí en Gustavo Adolfo Becquer al poeta del amor por excelencia y no son sus rimas más complejas, sino las más simples y directas las que mejor me ayudaron siempre a expresar algunos sentimientos como, por ejemplo, la inspiración con que nos llena la sóla existencia de la persona amada:
¿Qué es poesía?, dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. ¿Que es poesía?, ¿Y tú me lo preguntas? Poesía... eres tú.
O la forma en que el más mínimo gesto, a veces involuntario, a veces imaginario, puede encender la pasión en nuestro corazón o llenarnos el alma de ilusiones, no siempre respaldadas por la realidad:
Hoy la tierra y los cielos me sonríen; hoy llega al fondo de mi alma el sol; hoy la he visto.., la he visto y me ha mirado... ¡Hoy creo en Dios!
Pero cuando las reflexiones son largas y profundas, cuando es introspección y auto análisis de nuestros sentimientos lo que buscamos, la poesía antigua e inocente de Becquer no basta. Para explorar los rincones más oscuros y más íntimos del alma hace falta, al menos para mí, la dolorosa profundidad de la poesía de Pablo Neruda. Veinte poemas de amor...
Es Pablo Neruda el último de los viejos amigos que quería presentarles, y es su Poema XVIII el que hoy quiero compartir con ustedes.
Hay dos viejos amigos más que les quiero presentar, pero por más que pensaba no me podía decidir a quién presentar primero, a quién dejar para el final.
La canción que decidí compartir hoy con ustedes pertenece a José Luis Perales y, aunque no trae un mensaje especialmente filosófico ni profundo, la llevo en el corazón y me ha acompañado siempre porque no me deja olvidar uno de mis más acariciados sueños aún sin cumplir. Ya dije alguna vez que estoy enamorado del viento y del mar; pues uno de mis sueños, uno que pienso cumplir de todas maneras antes de marcar mi tarjeta de salida, es el de navegar en mi velero desde aquí hasta las Islas Galápagos y de regreso, tal vez acompañado de alguien a quien ame y que me ame a mí. Por supuesto que primero tengo que hacerme de un velero oceánico, ya que en mi Sunfish no voy a llegar muy lejos, pero es un sueño que me he prometido no abandonar jamás.
Y así, esta canción de José Luis Perales es el penúltimo de los Viejos Amigos que quería compartir con ustedes.